Se acaba el curso, y he de echar la matrícula para el siguiente, si no quiero tomarme un año sabático… vale, querer, quiero… pero si lo hago me arriesgo a que me corten una muy preciada parte de mí mismo como hombre que soy: la dignidad.
Genial, llego y me dicen que no quedan plazas para los turnos de mañana y tarde… que me coja el de noche. ¡Ah! ¿Pero qué es esto? ¿¡Un turno de noche?! Vaaya, vaaya, vayaaa… así que Edward Cullen por fin se ha decidido a dar clases…
Por fin ha pasado todo, o eso creía. En cuanto he llegado a casa se ha formado un nuevo nubarrón sobre mí: mi madre. “¡¿Pero cómo se te ocurre coger ese turno, cabezón mal labrado?! Anda, pues sabes qué, te podrías pillar un trabajillo por la mañana…” Dios… yo… ¿trabajar? Esto no me puede estar ocurriendo a mí… trabajar… ¿pero de qué?
El primer trabajo que se me vino a la cabeza fue ese de convertirse en estatua y que te vayan dejando monedas… pero la idea se fue tan rápida como vino: de un collejón. Me sugirió que buscase en alguna cafetería, de camarero… vale, la parte de “cama” me gusta, pero eso de “rero…” ya me da mala espina. Y es que para ser camarero primero tienes que hacer un cursillo en el “circo del sol”. Sí, porque para que no se te caigan las cosas de la bandeja hay que tener un equilibrio… que no, ni de coña, vamos.
“¿Y dependiente?” ¿Dependiente de qué, de drogas? Pues no iba yo desencaminado… de droguería, quiere que me ponga yo de dependiente. Sí… bueno… no se yo si podría resistirme a la tentación de mezclar amoniaco con lejía o cosas peores…
“¿Y de gorila en una discoteca?” Vaya, no me lo había planteado… ese me gusta, ¡y encima doy el perfil! Gruño y soy peludo. Creo que me aceptarían… me imagino en la puerta del local: ahora te meto, ahora te saco… te levanto "pa" arriba, te tiro "pa" abajo… Sí, me viene bien. Os cuento mi secreto: yo iba para hombre, pero me quedé en mono…
¡GRACIAS!
